Los ojos de un perro

Los ojos de un perro


Desde temprano, en la mañana, los primeros ruidos dentro de la casa surgían como por encanto entre grandes nubes de silencio. Todo empezaba como un rumor de cacerolas y cucharones metálicos dentro de la cocina, casi enseguida algunas pisadas de persona adulta ascendían o descendían por las escaleras, se abrían algunas puertas y se cerraban otras

Café Zilda

 

Llevaba varios días recorriendo en coche la carretera. El cielo inerte, despojado de aves y de ruido, se extendía amenazante y terrible sobre mi cabeza. Toda esa inmensidad me repelía y me abrumaba, y a cada tanto me obligaba también a incrementar la velocidad del coche. Yo, un hombre de treinta años, curtido por las desgracias y por las múltiples

Aquella tarde dorada

                                                             
Cada verano, sin excepción posible, Humberto Cárdenas escogía una fecha al azar en el calendario y la marcaba con un grueso rotulador de color rojo. Ese día mandaba a abrir los portones de su propiedad, una de las más grandes de todo el pueblo (según el alcalde y otros hombres de gran conocimiento), así como las puertas y ventanas

Una brillante línea azul en el horizonte


Tenía yo entonces treinta y tres años. Contaba con un título del Instituto de Fotografía de Nueva York y con varios años de experiencia trabajando para horrendas revistas de entretenimiento. De tanto codearme con celebridades, con gente famosa e importante, había terminado por conseguir cierto nivel de notoriedad y de prestigio. Mi rostro, que se

El sacrificio


La casa que Ismael y yo construimos se distinguía, entre todas las casas del pueblo, por sus balcones con flores y sus puertas con aldaba, pero también por esa peculiaridad casi mágica que le permitía mantenerse seca en las noches de lluvia y fresca en los días más sofocantes del verano. Las paredes eran como láminas de cristal, frágiles y brillantes, y el suelo poseía una consistencia rugosa y tibia,

Mamá y los demonios


Era el primer viaje que hacíamos fuera de nuestro pueblo. Íbamos los tres juntos, dentro del vagón más barato, sucio y maloliente del Tren Interprovincial. Mamá estaba sentada junto a la ventanilla, con Manolo mal sentado sobre su regazo. Manolo tenía unos siete años y podía disfrutar de ese enorme privilegio; yo,